Las parroquias de Ntra. Sra. de los Desamparados en Barrial y de San Pedro González Telmo en Sardina, ambas en el municipio de Gáldar, situado al norte de la isla de Gran Canaria, intentan hacer desde hace tiempo un camino de solidaridad.
Lo que en esta página presentamos es fruto del esfuerzo solidario de muchas personas que han descubierto que es mejor hacer camino que quedarse mirando.
En estas primeras líneas queremos presentar cómo surgió esta andadura solidaria.
Desde hace un tiempo, y gracias a la luz que puso en nuestro camino una Madre Dominica de
Nos sorprendió un día de celebración de
Nos habló de un pueblo pobre que, aunque viviendo en la miseria, intenta mantener su identidad y dignidad como tal.
En su rostro se dibujaba una sonrisa mientras intentaba hacernos caer en la cuenta de lo afortunados que somos de vivir en un paraíso de bienestar económico y social, en donde nuestras preocupaciones se pierden en la banalidad de plantearnos si podemos comprar un coche, una tele o una videoconsola mejores, el talante que puede tener nuestro médico en el ambulatorio a la hora de atendernos o simplemente el tiempo que vamos a perder yendo a buscar las recetas de la medicación que tomamos habitualmente.
En ese pueblo, del que ella nos habla, las cosas son mucho más sencillas; la preocupación de sus gentes, a la hora de ir de un lado a otro, lejos de estar en el tipo, marca o modelo de coche que poseen, se centra en la posibilidad de usar unos zapatos o ingeniárselas para inventar unos que impidan que sus pies se destrocen por aquellos caminos.
La enfermedad es algo común pero no por excesos o sedentarismo, sino por malnutrición, falta de infraestructuras sanitarias y condiciones de trabajo que rayan la esclavitud. Lo que para nosotros es un derecho social básico, el disponer de una asistencia sanitaria, para ellos es un lujo que además de lejos físicamente, también lo está económicamente. UNA FIESTA ES EL REPARTO DE UN CARAMELO ENTRE CUATRO NIÑOS.
Mientras aquella mujer iba relatando sus experiencias en Camerún, en los corazones de más de uno de los que estábamos allí congregados, empezó a aparecer un sentimiento de vergüenza ante lo egoísta de nuestros planteamientos de primer mundo en el que todas nuestras necesidades básicas están cubiertas y en el que vivimos con la ilusión de poseer más y mejores cosas sin tener en cuenta las necesidades de aquellos que son menos afortunados que nosotros.
Una vez terminado el relato de la Madre Ascensión, nuestro párroco dio por terminada la homilía "...podéis ir en paz". Pero ¿cómo podemos ir en paz?, ¡cómo!, después de ver y oir a aquella mujer contarnos las miserias de esas gentes y ver cómo su rostro se iluminaba cuando relataba sus experiencias.
Todos volvimos a casa con el corazón encogido, el dinero que dejamos en el cepillo ya no era suficiente para acallar nuestras consciencias. Había que hacer algo para ayudarles y proporcionarle continuidad. Durante un tiempo, la visita de la Madre Ascensión fue el centro de las conversaciones en los encuentros de los parroquianos, dentro y fuera del ámbito de la iglesia.
Pero... ¿Qué hacer? ¿Cómó aunar las voluntades de todos?
Si bien es cierto que fuimos muchos los "tocados" por la inquietud misionera, ¿qué y cuánto sacrificio estamos dispuestos a hacer para colaborar?
En estos comienzos fueron dos las causas principales de que esta inquietud fuese adquiriendo cuerpo y continuase creciendo con el paso del tiempo: por un lado, la relación personal de la Madre Ascención con algunos miembros de esta Comunidad vínculados a su labor docente y, por otro, el momento en que recibimos su visita, el día de la Ofrenda a Ntra. Sra. de los Desamparados en el que nuestros sentimientos hacia aquellos que no tienen nuestra fortuna se hacen más vulnerables.
Hemos de hacer constar que el aliento del que, en aquel entonces, era nuestro párroco nos ayudó a dirigir nuestra inquietud hacia formas de colaboración reales y efectivas. El hecho de poder contar con comunicación vía e-mail con la Madre Ascensión, allá en Yaoundé, también supuso una gran ventaja. Nos permitía conocer a tiempo real cuales eran sus necesidades y los logros que se conseguían con nuestras colaboraciones.
Aunque parezca una tontería, esto último nos víncula más directamente a las gentes de esos pueblos.
En un principio, sus cartas nos daban información general del progreso de los proyectos que se llevaban a cabo, contaba casos anecdóticos relacionados con los mismos. Pero, poco a poco, fuimos dándonos cuenta de que las cosas se iban personalizando, su vínculo con nosotros fue adquiriendo un matiz amistoso más que de colaboración y se empezaron a percibir en sus correos más emociones. Emociones que nos acercaban a los habitantes de Bafia, nos hacían sentir el drama del pequeño Athanasse,
o el espíritu emprendedor de Bomoro Dieudonne,
que tras haber quedado ciego por una afección parasitaria , entró a formar parte de un plan de formación que le permitirá ayudar a otros discapacitados a valerse por sus medios en una país con tan pocos recursos y en el que también nosotros intentamos participar.

